Sobre nuestras tierras sopla un viento. Un viento procedente de las alturas, de los montes de los Pirineos. Esas alturas inmateriales, desencarnadas e ideales.

Caminando desde las cumbres. Las cumbres desoladas, etéreas y sutiles que arañan el firmamento. Trayendo con él algo del más allá. Algo de sabiduría, algo de espiritualidad y algo de eternidad.

Lo podemos llamar espíritu. O alma. O esencia. Poco importa. Porque se aproxima.Impetuoso. Vehemente y fogoso.

Pasando por los bosques, los valles y los pueblos. Atormentando sin cesar todo y nada. Frondosos robles, salvajes rebaños o solitarios campanarios. El espíritu sopla por allí.

Y sopla más fuerte todavía cuando llega a la ciudad. Entonces se enfrenta al masivo predominio humano. Lo abstracto, lo arcaico y lo profundo desafían el concreto orgullo del hombre moderno. El viento se divide por las calles. Levantando hojas, papeles y plumas. Sacudiendo furiosamente columpios y trapecios.

Es que no soporta el titubeo, lo indeciso, lo inestable. Apasionado y enfurecido, entra en búsqueda. De alguien. De la persona adecuada. Y hasta que la encuentre incordiará a todos los demás. Fastidia, marea, irrita. Confunde a los que no tienen la mente lo suficiente abierta para recibir su enseñanza, su mensaje, su iniciación.

Suelta estruendos y rugidos, empujones y atropellos, palabras y frases ininteligibles para quien no quiere escucharle. El común
de los mortales que somos se resiste. Se cierra y no deja entrar el soplo del espíritu. No aspira a los cuentos maravillosos, a los espacios lejanos, a las culturas admirables.

Por tanto busca una mente sensible, lo mínimamente despejada y libre para aceptar su fertilidad. Una fertilidad emocional y razonable. Profunda y estructurada. Rica y merecida. Una mente para encarnarse, transmitir el soplo y usar la palabra más pura.

Esta persona eres tú, Hermano mío. Si te dejas sorprender. Si te permites desviar del camino. Si no tienes ya todo pensado y previsto en tu destino. ¡Fuera planes, proyectos y seguridad! ¡Arriésgate!

Date la oportunidad de abrir los ojos a nuevos espacios, extrańas perspectivas e insólitas lógicas. Abre tu mente al mundo aéreo e infinito de los símbolos. Acepta la vertiginosa posibilidad de salir de tu universo habitual, de tu confortable matriz egocéntrica, de tu cómodo solipsismo.

Llénate del energético Cierzo, el viento iniciático de Aragón.